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domingo, 26 de octubre de 2014

Una sonrisa vale más que mil palabras

No sé por qué quiero escribir, no sé por qué necesito escribir, a veces parece que escribiendo las cosas se hacen realidad, parece que si plasmas tus deseos en un papel o en la pantalla de un ordenador alguien los va a leer y va hacer que se cumplan. Otras veces no son deseos lo que plasmas, otras veces simplemente no te crees lo que sientes, y parece que si lo escribes se hace realidad, parece que si transformas los sentimientos en palabras es que son verdaderos, es que de verdad los sientes. 

Y es que lo complicado es eso; transformar los sentimientos en palabras. Eso es lo realmente difícil, porque, ¿cómo describo esa sonrisa estúpida que se me dibuja sola en la cara cuando me dices lo guapa que estoy? Cómo ser capaz de expresar con palabras el sentimiento que recorre todo mi cuerpo cuando me susurras al oído, cómo explicar con simples caracteres el vuelco que me da el corazón al saber que son tus brazos los que me rodean la cintura en un abrazo sorpresa. 

Cómo puedo hacer entender que las lágrimas que recorren mis mejillas cuando escribo esto son lágrimas de pura felicidad, cómo puedo yo demostrar que llorar no siempre es malo, que llorar me desahoga, que llorar de amor, de felicidad, es un sentimiento tan placentero como el del beso más deseado. Cómo puedo yo explicarte que mi amor por ti sobrepasa cualquier límite ahora mismo, cómo puedo expresar mi amor con un simple verbo. 

Y es que a lo mejor el problema es que no existen palabras para tales sentimientos, no existe suficiente conocimiento humano para que esta sonrisa y estas lágrimas se conviertan en palabras, porque simplemente una sonrisa vale más que mil palabras.




domingo, 28 de septiembre de 2014

Es sabido por todos que la vida no es justa

         Pienso en mi futuro como profesora y no sé decir qué quiero de él, pero estoy bastante segura de lo que no quiero, y es que mis alumnos se lleven de mí un mal sabor de boca como el que yo me he llevado al salir del instituto. Por desgracia, todos en general tenemos tendencia a acordarnos más de las cosas malas que de las buenas, y aunque yo no quiero olvidar todo lo bueno que he pasado en mis años de  secundaria, no puedo evitar que lo primero que venga a mi mente al pensar en el instituto sea la injusticia cometida en mi último año de bachillerato.

            Los seis años que he pasado en el instituto han estado llenos de buenos y malos momentos, pero sobre todo han estado llenos de dedicación, tanto a mis estudios como al centro. He participado en todo lo que se ponía por delante e incluso he organizado actividades. He sido alumna ayudante, mediadora, he participado en los concursos de lectura, en la hora 31, en las actividades deportivas, he tenido buena relación con compañeros y profesores, he sido delegada de clase, me he presentado al consejo escolar… Y después de dar todo esto, cuando más importancia tenía recibir algo a cambio, me descubro dada de lado por todos a los que yo había ayudado.

            Sin embargo, no confundáis mis palabras, pues yo no hice nada de esto esperando algo a cambio, ni estaba pidiendo un favor al reclamar mi matrícula de honor, simplemente reclamaba lo que era mío, y que todavía sigue siendo mío, por el esfuerzo realizado durante todo el curso de segundo de bachillerato, que ya sabemos que no es fácil para nadie. Me he dado cuenta que la vida no es justa, que lo que es mío pueden dárselo a otro, y lo harán, si tienen el poder necesario.


            Lo único que espero es que alguna vez pueda mirar mi instituto y sonreír otra vez por los buenos momentos vividos en él, sin que el recuerdo de una injusticia cometida por otros arruine lo que yo he construido por mí misma.

jueves, 29 de mayo de 2014

Esa sensación que te aleja de la realidad

      Estás deseando que llegue este momento, el momento en el que te montas en el tren, te sientas y ya solo estáis tú y él, nada más. Te sumerges en sus palabras y no puedes concentrarte en otra cosa que no sea la historia que te está contando. Pierdes la noción del tiempo y te mueves de manera totalmente automática. Por pura rutina tu cuerpo sabe qué tren ha de coger o dónde ha de bajarse, pero tu mente está mucho más lejos, está pensando en esa historia suspendida por el transbordo de la estación. Y cuando vuelves a sentarte la historia se retoma, todavía tienes tiempo para seguir disfrutando de sus palabras. Tienes esa sensación de estar sola en el mundo, de no saber en qué día vives o dónde estás, no sabes qué hora es, ni si es por la mañana o por la tarde, tienes que pararte a pensar un momento para poder situar tu vida ese instante porque sus palabras hacen que te alejes de la realidad completamente. Te das cuenta de que solo queda una estación para despedirte de él, de su interesante historia y de la magia que transmite.


       Entonces llega el momento menos deseado, megafonía anuncia la parada, y no tienes más remedio que cerrar el libro y continuar con la vida real.

jueves, 19 de septiembre de 2013

Un vagón de tren y miles de historias

    Me siento en un vagón de tren, y entonces me doy cuenta de que a mi alrededor no solo hay personas sentadas en incómodos asientos, sino que estoy rodeada de decenas de destinos diferentes, cientos de pensamientos... estoy rodeada de historias.

   Me pongo a observar a mi alrededor y es curioso como las personas más jóvenes aprovechan el viaje en metro para entretenerse de alguna manera, no están quietas, aprovechan cada minuto del viaje para algo: unas leen, otras estudian, otras chatean, otras escuchan música... Sin embargo, aquellas personas que ya tienen el cabello plateado o incluso color nieve, van tranquilas, mirando por la ventana, sus tareas ya no van tan apresuradas, ya no tienen prisa, sus pasos son tranquilos, sus vidas ya no son una carrera, sino que se han convertido en un agradable paseo.

   Un chico joven sentado en frente de mí escucha música con sus auriculares proveniente de algún aparato que no veo, pues está en su bolsillo. Él la escucha, pero es como si yo la escuchara también, yo y el resto del vagón pues va haciendo el ritmo de sus canciones con los nudillos sobre el asiento. Él siente la música que escucha de verdad, es posible que toque la guitarra, ahora está tocando una imaginaria, con los ojos cerrados rasga las cuerdas en el aire. Quizá en su cabeza esté en medio de un gran concierto, cuando abra los ojos volverá a la realidad, de momento, él disfruta, mejor permanecer en su propia realidad. Diría que está escuchando rock o heavy metal, pero las apariencias engañan y a lo mejor está escuchando algo de música clásica o flamenco incluso.

   A su lado va otra chica, más tranquila, de origen marroquí, pues un velo le cubre la cabeza, bien maquillada y sonriente mira por la ventana, pero de repente el paisaje exterior se vuelve oscuridad, ya no se ve nada pero ella no aparta la vista de la ventana, esta oscuridad no puede durar siempre, y tiene razón, porque poco después llegamos a una estación, la luz ya no es la del sol sino que es artificial, pero le deja ver el nombre de la estación, entonces reacciona y por primera vez aparta la vista de la ventana, me pide paso y sale. Una historia sale del vagón de tren y otras tantas entran, otra historia que se cruza en mi vida, quizá deje huella o quizá no, o quizá la deje y no me dé cuenta hasta que sea necesario, o quizá nunca me dé cuenta y esa historia se me olvide al dejar de mirarla.

   Un cambio de tren, todas las historias cambian conmigo, pero hay tantas juntas que nos mezclamos y perdemos a lo largo del andén. Cuando entro al nuevo vagón y me siento, para mi sorpresa, el chico del concierto vuelve a estar a mi lado, vuelve a cerrar los ojos y siente su música, solo espero que no se pase la estación donde debería bajarse. 

   Poco después le pierdo, pues llego a mi destino, me bajo del tren, me despido de todas esas historias con una sonrisa y me siento en un banco del andén. Todos se extrañan de que no me vaya, se extrañan más cuando ven que dejo pasar un tren, y otro, y otro más. Yo los observo y escribo, y le busco con la mirada. Tan solo estoy esperando esa historia que corresponde con la mía, la historia me complementa. 

   Simplemente espero esta historia: la que acaba de llegar y me ha saludado con un dulce beso en los labios.